EL PRE TEXTO DEL SUEÑO

¿El sueño es aquí un pretexto para hablar de otra cosa, particularmente de cómo la vigilia se las arregla, en cuanto abrimos los ojos, para agregar sentidos a la relidad? ¿O lo aquí perseguido es la pretextualidad del sueño, ese real escurridizo, entrevisto en el despertar, que la vigilia somete al olvido o a la sensatez?.

Los lectores descubrirán que no hace falta elegir. El pretexto como razón oculta (pretexto de) o en tanto inicio (pre-texto) son abordados por igual en este libro programáticamente bífido.

Confiando sueños propios, Steimberg procura aferrar su ser antes de cualquier intento de atribuirles nitidez figurativa o razonabilidad narrativa. El sueño como aparición, como ausencia de escritura. Pero esta reivindicación del no-sentido no le prohíbe nombrar a la censura y a la elaboración secundaria de los sueños, las dos convictas de barrer con la pretextualidad, como nodrizas que sirven el banquete de los géneros literarios y de la conversación, y de la posibilidad de cincelar estilos. Cruzando sin recelo prosa poética con rigor proposicional, Steimberg atestigua: “Como en el sueño, la palabra, el trazo, el gesto se resisten, se burlan. Pero algún dios de baja ralea- el estilo (Panofsky), la necesidad de la charla (Bajtín), el aburrimiento o la envidia (Barthes), y no olvidaré la angustia de las influencias (Bloom)- nos dona de tiempo en tiempo un objeto mágico; y así uno puede, en la vigilia, ir retornando al lugar del combate, como un feliz tramposo de cuento popular”.

  Jorge Baños Orellana.  

1. De qué se hablará, alzando siempre el pesadísimo martillo

Testimonio: el trabajo en el sueño me cuesta mucho, mucho trabajo. En estos textos, el lugar de una cita inicial podría ser ocupado por un poema de Matthias Claudius, ese en el que Heidegger creyó ver la evidencia del peso de las palabras en la poesía. Y que completa su sentido en una estrofa que se cierra cuando algo, algo fatal, «… alzando el pesadísimo martillo / da la hora». Pero no: en el sueño es probable que el martillo siga –len-tamente– alzándose: alzándose hasta desaparecer. Que la hora no llegue a sonar.

Así es el trabajo en el sueño, así se siente en el sueño y se recuerda en el primer momento del despertar. No hablo de las acciones que en el sueño simplemente suceden: esas pueden ser, sí, livianas y ligeras, y a uno le ocurren actuaciones como la de volar, o saltar obstáculos sin dificultad; allí no hay trabajo, esas acciones nos toman como sujetos sin que nos lo propongamos. Hablo de la terrible dificultad de las acciones que en el sueño nos sucede  intentar desde la voluntad, para cambiar la escena o para actuar sobre el otro: esas que conllevan siempre un trabajo hecho en un espacio y un tiempo absolutamente resistentes, absolutamente densos. Freud las describió más de una vez, llegó a contar su asombro ante el recuerdo reciente de esas sensaciones (en La interpretación de los sueños: «Durante todo un día me esforcé en investigar cuál podía ser el significado de la sensación de hallarnos paralizados, no poder movernos o terminar un acto que hemos comenzado»), pero sin darles demasiada letra, después, en la explicación o el comentario; tal vez por la condición habitual de esos momentos, por la falta de especificidad de su relación con casos o problemas. Las relaciona primero con los «sueños exhibicionistas», después abandona esa conexión.

Esas pesadeces agónicas de la acción o la palabra irrumpen en los sueños más diversos, casi como propiedades naturales de los ritmos del soñar. Insistirán después del despertar, la elaboración secundaria hará su trabajo y en las versiones de la vigilia, después de algunas vueltas de traducción o explicitación, un aire de liviandad -así sea trágica- recorrerá las sucesiones narrativas. Se borroneará la lentitud ominosa de la acción y la palabra, de la mano de una vergonzante retórica de la atenuación. Como se borroneará otra pesantez, la de cada imagen de objeto o de ser. Se alejará su estar plantado, cada uno, en una presencia que se basta sola, que no termina de articularse con nada, que apenas se deja nombrar; que no arma historia. Las historias que hablen de ellos llegarán sólo a alusiones, desencantadas en secreto hasta del tono de su voz. Pero querremos oírlas: las sabemos dichas, siempre, desde un estado de urgencia de la palabra…

No creo que de estas líneas surja una voz más verdadera, menos enmascaradora que la de esas versiones. Sólo espero que aporten algo a la posibilidad de describir  la distancia entre los relatos del sueño y esos ritmos del estupor, esas epifanías de lo inmanejable que hacen la angustia del soñante y son la estofa de su asombro, en esos mundos donde parecería que la percepción excluye toda operatividad, y la mostración de la imposibilidad de la expresión es la sola función de la palabra. Se tratará de hablar de las distintas escrituras con que insistimos –con que seguiremos insistiendo- en esos fracasos del narrar.

Sé que estoy generalizando, y que el poder descriptivo de estas palabras no da para abarcar la diversidad de esas experiencias. Pido, sobre todo, que no se crea que pienso que todos soñamos y ocultamos y contamos– de la misma manera. Ocurre que hablando de estas cosas me cuesta desprenderme  del efecto de saturación del sentido que me dejan esos escenarios. Si siempre dijera «yo soy el que aquí cuenta que sueña», «yo soy el que aquí no puede describir», etc. sólo mentiría de otra manera. Si ahora puedo seguir escribiendo es porque me detengo en esas generalizaciones ensoñadas, son más que yo.

“… lo que completa su sentido en una estrofa que se cierra cuando algo, algo fatal, …alzando el pesadísimo martillo/ da la hora.”

“… lo que completa su sentido en una estrofa que se cierra cuando algo, algo fatal, …alzando el pesadísimo martillo/ da la hora.”

28. Desnudos

Esos sueños en los que no puede pensarse al soñante como desnudo si no es como desnudo añorando las seguridades del vestir, sufriendo o temiendo por la ausencia de ropa… Viéndose sin el escudo de sentido de la prenda, del adorno, del elemento de defensa del cuerpo. Con el sentimiento de dolor o de riesgo con que el adulto enmascara el retorno a las exhibiciones infantiles que estarían volviendo, dice Freud, en esos paseos. En un retorno aplastado por la culpa, por el ridículo…

He oído relatos femeninos que no confirman todo esto; bien, puedo acotar la representatividad de mi relato, pero dentro de ella insisto: en esos sueños el cuerpo es el cuerpo más sus defensas, sus envases, esas adendas que nunca son del todo exteriores porque también hacen su historia. Y en relación con esos envases, o con los efectos súbitos de su ausencia, toman la escena la vergüenza y la dificultad de la acción. Y es seguro que no sólo en culturas de gente vestida. Ni el desnudo debe andar fácil desnudo en sus sueños, los caduveo escuchados por Lévi-Strauss compadecían a los blancos sin tatuajes por su piel «estúpidamente desnuda»…

Igual, en ese cine que, antes y lejos, empieza a parecerse al sueño; oponiéndose, por ejemplo, al de las viejas transposiciones cinematográficas de Tarzán, de las que alguien (creo que Robert Benayoun) decía que eran el resultado de uno de los peores pecados del cine, el de haber convertido una dura saga antropológica –la de los pulp magazines de Edgar Rice Burroughs- en «las historias de una estúpida familia nudista».

Bien: creo que derivo demasiado (vigilias del cine, del ornamento corporal…), que no estoy dando ejemplos de la relación entre desnudo y sueño. Tal vez sí, en cambio, de algún costado de sus insistencias en la relación entre desnudo y deseo; aquí pueden entrar también las moralidades insomnes de Sartre, cuando se espanta, saltando por sobre las épocas, ante las especificaciones fetichistas de Baudelaire, que, «para el momento de la monta», decía necesitar que la mujer tuviera puesta alguna prenda, que estuviera de alguna manera vestida.

64. De la constitutiva intranquilidad del relato del sueño

«Tal vez la Poética y la Retórica de Aristóteles no sean posibles; pero las leyes existen; escribir es, continuamente, descubrirlas o fracasar».

Tal vez lo que podría agregarse al bruñido hallazgo de Bioy Casares (la conjetura está en el prólogo de la Antología de la literatura fantástica) es, aún, un énfasis. Porque la necesidad de esa búsqueda insiste, y puede convertirse en perentoria, en cualquier literatura, aun en la menos letrada. Vieja ceguera la de los que siguen creyendo (¿diciendo creer?) que la narrativa folclórica es sólo la reiteración (la afirmación) de hábitos ancestrales, expresión de continuidades regionales o étnicas. Cada nuevo acto de relato es también (y muchas veces, prioritariamente) el efecto del esfuerzo de una retórica lanzada a enfrentar y controlar el sinsentido de unos nuevos acontecimientos o unas nuevas imágenes, antes que a expresar un sentido conocido.

Y lo mismo ocurre en la narración de los sueños, pero entonces sin excepción. La vida de las sagas puede pasar por intervalos de calma en la lucha de los narradores contra la irrupción de imágenes sin lógica de relato: en un momento frío de la cultura (como los de las sociedades de cambio lento descriptas por Lévi-Strauss), un modo de contar puede repetir incansablemente sus tipologías, en forma y contenido; y también entonces sus evocaciones, sus quejas, sus pedidos de retorno; enmascarando exitosamente las rupturas. Pero en la narración de los sueños eso no pasa, ni siquiera como excepción: contar, cuando se cuentan sueños, es siempre un trabajo intranquilo. Siempre exhibe las señales de un sufrir de la palabra, obligada a trasladar por primera vez, a un discurso razonante, una escena indecible. A descubrir, donde no las hay, leyes de género, de estilo… A inventar, aunque sea en los márgenes de las fórmulas de adap-tación.

Y tampoco es fácil contar sueños de otros, aunque se trata ya, entonces, de contar relatos oídos o leídos, sin interferencia onírica alguna. Quise contar el breve «sueño de la mariposa» de Chuang Tzu contado por Borges (Chuang Tzu soñó que era una mariposa, y al despertar ignoraba si había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando  que era Tzu) y me equivoqué todo lo que podía equivocarme: primero terminé con «…que soñaba que era un hombre»; después, buscando seguridades así fuera en el kitsch, con «…que  soñaba que era un poeta». Nunca «Tzu», ese soñante inclinado sobre los parpadeos de su singularidad, alejado de generalizaciones conceptuales como las de la antropología o la metaliteratura.

“Esos sueños en los que no puede pensarse el soñante como desnudo si no es como desnudo añorando las seguridades del vestir, sufriendo o temiendo por la ausencia de la ropa…”

“Quise contar el breve Sueño de la Mariposa de Chuang Tzu contado por Borges (Chuang Tzu soñó que era una mariposa y al despertar ignoraba si había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.)”